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PROYECTO CERRADO.
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EL AMOR: EL QUINTO ELEMENTO
ENVIADO POR TYCO DRAGON EL 28-05-09
Había una vez hace mucho, mucho tiempo, una hoguera en un gran bosque. Allí, de noche y alrededor de la hoguera, estaba sentada una vieja bruja muy fea que se resguardaba del frío, pues era de noche y estaba nevando.
En la profundidad del bosque nevado, había un niño, que siempre estaba triste y con lágrimas en los ojos. La bruja al verle decaído y triste le preguntó: ¿Por qué lloras niño?
No estoy llorando, es que hace frío. –respondió el muchacho.
Acércate a la hoguera y caliéntate. –dijo la bruja amablemente–. No tengas miedo “Gota”. –le dijo–. Te contaré una historia.
–El muchacho al oír que la bruja sabía su nombre, se acercó y al ver bien a la bruja se sobresaltó–. ¡Que fea eres! –dijo–. ¿Qué te ha pasado en la cara? –le preguntó, y a lo que ella contestó: No soy fea pequeño, sólo es… que hace frío. –al escuchar esto, el niño que siempre tenía lágrimas en los ojos, sonrió por primera vez. Acto seguido la bruja desapareció junto con la hoguera.
Tiempo después, no muy lejos de allí, otra bruja se apareció cuando las flores nacen y los pajarillos cantan. Pero ésta bruja, no era fea ni anciana como la anterior, parecía más una niña que una bruja, y estaba jugando con una pelota. Dentro del bosque se encontraba un niño que parecía perdido, la niña al verle le preguntó: ¿Te has perdido?
Yo nunca me pierdo, no necesito tu ayuda. –le respondió el niño reacio y seguro de sus palabras.
¿Quieres que juguemos juntos mientras volvemos? –preguntó la muchacha–. Puedo ayudarte a regresar a casa. –le dijo–.
Al mismo tiempo de decir éstas palabras le lanzó la pelota. El niño miró la pelota cruzar el cielo. Al hacerlo, sus ojos se toparon con la luz del sol, que le deslumbró, y le hizo caer al suelo repleto de margaritas. Al instante la pelota le golpeó en la cabeza, y el muchacho respondió con una sonrisa tumbado en el suelo. Mientras se incorporaba dijo: Está bien, juguemos. Dicho esto la pequeña bruja y el niño, a la par que jugaban con la pelota, cruzaron el bosque hasta llegar a un extremo. Una vez allí la bruja se despidió de él: Intenta no perderte de nuevo “Tierra”.
El niño que caminaba de vuelta a casa, se giró al escuchar su nombre, y preguntó: ¿Cómo es que sabes mi nombre, niña? Pero al darse la vuelta se dio cuenta de que la niña ya no estaba.
Pasó el tiempo… y nuevamente en el mismo bosque había otra bruja, era un día caluroso y sofocante de verano, y en uno de los bordes del bosque que daba a un hermoso río de aguas cristalinas, estaba bañándose una joven bruja. Muy cerca de la orilla, una niña mal humorada, estaba intentando hacer fuego. La bruja al verla le dijo: No lo hagas, podrías quemar el bosque entero.
No me importa, si se quema o no. –respondió la muchacha con enfado, sin prestar atención de quién o dónde provenía la voz.
No está bien pagar nuestros problemas con quien nos rodea, podemos hacer daño a quienes queremos. –insistió la bruja–. ¿Por qué no vienes al río y me cuentas qué te pasa “Llama”?, el agua está estupenda en ésta época del año. –concluyó la bruja alegremente–. La niña confiada de la bruja por saber su nombre, se metió al río con ella, y metidas en el agua chapotearon entre risas junto a los peces. Hasta el punto que por unos minutos la niña se olvidó por completo del enfado que tenía. En un momento de relajación de la niña, la bruja se esfumó del lugar.
¿Dónde te has escondido? –gritó la muchacha–. Pero la bruja no apareció.
Volvió a pasar el tiempo, y llegó la estación en la que se caen las hojas de los árboles, y en la que las plantas se marchitan. Así que otra bruja esta vez, elegante, con un gran abrigo y un paraguas, surgió en aquel bosque lleno de árboles sin fruto, donde el aire no dejaba de silbar y las ramas de los árboles danzaban. Cerca de la bruja una niña extrañamente eufórica, golpeaba las hojas del suelo impotente. La bruja al verla, le dijo: La ira no debe poseerte nunca, no hace bien a nadie. Ven bajo mi paraguas y no te mojes más.
No es ira, sino venganza lo que quiero, pues la vida es injusta. –contestó la niña.
Razón no te falta “Soplo”. –dijo la bruja–. Pues yo tengo paraguas para no mojarme, y tú en cambio no tienes paraguas alguno. ¿Quieres venir y dejar de mojarte? –le preguntó finalmente la bruja. La muchacha se refugió junto a la bruja bajo el paraguas, y le dijo: Gracias. Tras unos minutos viendo llover, el cielo dejó de llorar. La niña dispuesta a seguir su camino ya sin lluvia, se giró para mirar a la bruja. Pero sólo encontró a las últimas gotas de agua que caían de las nubes. Tanto la bruja como su paraguas se habían desvanecido, al igual que lo hace una gota de agua en un río.
Al cabo de un tiempo llegó nuevamente la estación donde todo color se tiñe de blanco. Los cuatro niños se encontraban jugando con la nieve dentro del gran bosque, cuando se encontraron con una chica joven.
Hola, ¿Te has perdido? –le dijo “Tierra” a la joven.
Yo nunca me pierdo. –respondió la muchacha–. Pero tú si lo hiciste un día, ¿Lo recuerdas? –le preguntó sonriente. “Tierra” en ese mismo momento reconoció a la joven y supo que era la misma persona que hace tiempo se le apareció. “Tierra” le respondió con una gran sonrisa.
“Gota”, veo que ya no estás triste. –dijo la joven.
Una bruja muy fea, me enseño a sonreír, y ha no estar triste sin motivo en ésta época del año. –contestó “Gota”.
¿Ya no estás enfadada “Llama”? –preguntó la muchacha.
No, es más divertido jugar con mis hermanos.
¿Y tú?, ¿Sigues enfadado con el mundo? –preguntó a “Soplo” la joven bruja.
Tenemos que ayudarnos entre nosotros, el problema no era el mundo, sino nosotros mismos. –le respondió el niño. La joven asintió con la cabeza.
Acercaros. –dijo la bruja–. Os contaré una historia. Todo esto que habéis aprendido, ¿Quién creéis que os lo ha enseñado? –preguntó.
Los cuatro hermanos estuvieron poco tiempo pensando la respuesta, y los cuatro juntos contestaron lo mismo: Tú.
La bruja les miró, y dijo: Yo no he sido. Ha sido el amor propio hacia los demás quien os lo ha enseñado. Es el amor quién te hizo sonreír aquella fría noche “Gota”; es quien estuvo a tu lado en los malos momentos y te ayudó a encontrar el camino de vuelta a casa “Tierra”; es quien hizo que olvidaras tus problemas con los demás, “Llama”; y es quien te ayudó a no enfadarte con el mundo y recibir la ayuda del prójimo “Viento”. No soy una bruja, ni una persona. El amor puede tener muchas formas y colores… sólo hay que saber reconocerle al verlo. Porque quien mueve el mundo y conecta las cuatro estaciones entre sí, es el amor a través de todos nosotros.
Todo el mundo debería conocer y experimentar cada estación, para poder apreciar el amor en todas sus variantes. Vosotros sois el agua, la tierra, el fuego y el viento de este sentimiento llamado Amor.
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UNA HUACA
(UN RELATO DE ALFONSO ROGGER PONCIANO GONZALES DESDE LIMA PERÚ 25-05-09)
Esta es una historia muy particular, se trata de mi vida y la historia de la gente que paso por estos lares desde hace miles de años y através de estas palabras se las contaré.
Me dicen Huantille, San Miguel, Orbea y otros nombres que la gente pronuncia, sin embargo antiguamente me conocían como un lugar de curación, algo así como los hospitales de ahora, quiero decir, que mi nombre significa, sitio donde se curaban de la Uta así decían los españoles.
La gente que me edifico, moldeo la tierra con agua para dar formar a los grandes muros de tapia y recogieron las piedras redondas del acantilado, para rellenar el interior de mis cuartos y pasadizos.
Esta gente se hacían llamar Ishmas, y construyeron otros como yo, y éramos como once. Mis hermanos ahora ya no existen, todos murieron cuando nos empezaron a abandonar porque llegaron unos hombres vestidos de corto y de barba, usaban casco y portaban unas lanzas de color plateado, para luego llevarlos más al Este y formaron un nuevo pueblo muy diferente al que teníamos en estas tierras. Pero siguieron usando las chacras y el canal que dio origen al nombre del nuevo pueblo.
A partir de aquel entonces quede solo, siendo testigo de cómo cambiaban las cosas, soportando las inclemencias de la llovizna y los vientos junto con la dejadez de aquellos hombres que comenzaron a mirarme con desprecio.
Por aquellos años, observaba que surgían nuevas casas y un extraño animal de metal que arrojaba humo negro, que rechinaba siempre al ir y venir por un camino marcado de líneas, pero para construirlo fueron carcomiendo a los pocos hermanos que tenía y nadie los pudo ayudar y yo tampoco, pues si fuera hombre lo hubiera hecho.
Los años fueron pasando y la gente fue creciendo junto con su maltrato, las casas empezaron a cercarme y a atacarme porque sacaban mis tapias para fabricar adobes para levantar sus viviendas. Lo peor fue, que vino un señor con unas maquinas grandes y construyo un horno y junto con la ayuda de más hombres, me comenzaron a destruir y sentí mucho dolor y nadie me ayudó, salvo un viejito que venía y tomaba apuntes, hacía dibujos y tomaba algunas fotografías como otros hombres que habían venido años atrás; pero no pudo hacer mucho porque seguían destruyéndome y fue así que empezó la nueva ocupación y el mayor olvido.
También fui afectado en todos mis frentes, porque se construyeron nuevas casas sobre mis bases originales y un lugar a que la gente llamaba mercado, sin embargo ocurrió algo que siempre había esperado, porque alguien vino con unos hombres y construyeron un cerco de cemento pero olvido desalojar a los nuevos ocupantes que saqueaban los tesoros de mi interior, aquellos tesoros que hablan de una vida pasada que ya nadie recuerda, pero que siempre guardaré.
Ahora, ya no hay nadie y me encuentro limpio pero para esto han pasado más de quinientos años y he visto como mi pueblo original fue desapareciendo junto con mis hermanos, absorbidos por los nuevos hombres y la nueva ciudad, pero me mantengo en pie, firme como los cerros que me vigilan desde el Este y el mar en el Oeste, esperando que los hombres sabios sepan recuperar la historia que guardo en el interior de mi cuerpo de barro y de piedras.
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PRINCIPIOS MATEMATICOS
ESCRITO POR ASTER EKLEKTIS posteado el 25-03-2009

Estoy habituado a guiarme por los hechos y la evidencia dejando de lado todo elemento de especulación. Una larga e imperfecta carrera como matemático me ha deformado hasta el punto del no retorno. Sin embargo, he aprendido que la realidad tiene fisuras. Con la tranquila perseverancia de una estalactita, las señales de un mundo perturbador e increíble se filtran y desembocan finalmente en alguna historia improbable. Mi historia se inició con la voz de Alexis, mi hijo de seis años.
- Papá ¿es así como bailan los Maestros del Aire? –me preguntó mientras con su cuerpo dibujaba unos gráciles movimientos rítmicos, parecidos a los ejercicios del Tai Chi.
Por un momento permanecí en silencio, reponiéndome de la sorpresa. No estaba preparado para contestar la pregunta. Hace mucho tiempo se secaron los manantiales de imaginación que alguna vez hubieron en mi mente.
- Perdón hijo ¿dijiste de los maestros del aire? –respondí intrigado.
Traté de imaginar inútilmente de dónde podría un niño de seis años extraer a aquellos misteriosos personajes. En ese momento lo ignoraba pero la solución estaba en los últimos capítulos de una serie de dibujos animados de la televisión.
—Nunca he visto una danza de los maestros del aire hecha con tanta perfección —respondí con una voz de comentarista autorizado.
—Pero papá ¿cómo puede un niño ser un maestro sabio y enfrentarse a los guerreros del fuego con todas sus armas si es solo un niño?
—La verdad, no lo sé –respondí con honestidad—Me imagino que necesitará la ayuda de sus amigos, mejor dicho de los amigos adecuados.
En aquel momento estaba de alguna manera predispuesto a buscar fisuras en la realidad. La inconformidad con la rutina diaria se había transformado en una sensación de estar atrapado en el vacío y la intrascendencia.
Días atrás había ayudado a Alonso, colega de un foro virtual a desentrañar el misterio de lo que se conocía en el mundo del teatro como la “Ley de Asistencia Regular del Público”. No es un secreto entre los entendidos del mundo del teatro que dentro de las primeras semanas de aparición de una obra, es decir de una obra con buena crítica, el público, en una manera tan coordinada como si se hubiese fijado un cupo preestablecido, aparece en taquilla en forma progresiva y en una distribución pareja día tras día, casi perfectamente alineada. La razón de tal conducta se mantuvo oculta hasta que elaboré el modelo de distribución de las coincidencias en las elecciones de un grupo con similares preferencias. El mecanismo es simple: dado un flujo de información, la referencia que pasa de unos a otros que tal obra es buena, el tiempo que toma cada individuo entre recibir la información y la decisión a acudir a la función actúa como factor de regulación del comportamiento grupal. El misterio murió con la elaboración de mi formula. Me persiguió un sentimiento de culpa por develar uno de los pocos enigmas que aun ilusionan a las personas. La verdad es que muchas cosas pueden explicarse con un buen método. Así de simple.
Sin embargo, no soy un gángster armado con una calculadora. Aborrezco la frialdad de los gurús de la economía empresarial que con una calma suprema pueden engañar con sus fuegos artificiales a millones de pobres sujetos que confían en predicciones elegantes basadas en la elucubración. La mayoría de mis amigos me acusan por la frialdad de mis métodos de razonamiento. Pero allí donde la mayoría ve solo diferencias en el lenguaje, existe un océano de convicciones. Prefiero la exactitud de los números a los devaneos seductores del marketing. Esa lucidez me mantiene en una búsqueda permanente.
A veces cuando observo abusos se apodera de mi un espíritu justiciero. Eso me ocurrió cuando un gurú predicador de la fuerza interior llegó a la ciudad y causó un revuelo impresionante. Concebí el desquite escribiendo una cáustica carta a mi revista preferida. Esta vez no buscaba claridad, simplemente aplicaba la justicia del evaluador. Necesitaba hacer un ajuste de cuentas con la astucia mercantilista que puede convertir cualquier creencia plausible en un fetiche.
Al día siguiente de la publicación de la carta recibí una llamada particularmente áspera de alguien por quien tengo un verdadero afecto. Rocío es una excelente editora y lucida antropóloga. Había reaccionado con desazón ante el tono de mi carta. Tuve que defenderme arduamente: la crítica no estaba basada en la ignorancia, había leído por lo menos dos libros y medio sobre la autoayuda. Intenté ser franco hasta la ingenuidad: el Vuelo de las Valkirias acaso no es una pieza maravillosa y terriblemente bella y al mismo tiempo no había sido un emblema usado por el alma envenenada del nazismo ¿Podía haber alguna duda al respecto?
–Esperaba algo mas riguroso de tu parte- me espetó Rocío. Después de largas conversaciones teñidas con copas de vino, habían pocos detalles de mi ideología que estuviesen ocultos para ella. Conocía mi profesión de fé .
–Siempre he pensado que en el fondo un agnóstico como tú se esconde un creyente desilusionado—Enmudecí por un rato mientras recapacitaba –Touché — No iba a claudicar tan fácilmente.
–En el fondo, muy en el fondo sólo encontrarás las perforaciones en el alma que han dejado preguntas imposibles de responder, a nuestro pesar—rematé.
Rocío me desafió en mis propios términos: escribir un artículo desde la vereda del escepticismo sobre el mundo de la inteligencia intuitiva, mas precisamente sobre las razones del rotundo éxito del fenómeno de la autoayuda. Tenía treinta días de plazo. Era insólito pedirle a un escéptico declarado un juicio ecuánime. Intuí que la incitación a la controversia era exactamente lo que necesitaría su revista para levantar la lectoría.
Pensaba en aquella revelación mientras caminaba hacia el estacionamiento de la universidad, cuando me abordó un individuo con cierta familiaridad. Después del sobresalto inicial, identifiqué el rostro del doctor Cano, quien me saludó con efusión. Cano había sido mi profesor en la maestría y le guardo mucho respeto. Actualizamos la información personal de rigor. Noté que mi colega y maestro había avanzado mucho en la escala del prestigio académico.
- Es una feliz casualidad, Ricardo, justamente pensaba en ti hace unos días ¿Te gustaría participar en un proyecto interesante—me preguntó -Necesito a alguien que domine el análisis combinatorio.
Tengo predilección por los retos inesperados, sobre todo si se refieren a temas de mi especialidad y acepté a ojos cerrados, aunque luego me pregunté si había hecho lo correcto. Cano explicó el contenido del proyecto: formaba parte de un equipo internacional de expertos que auditaba una serie de experimentos que usaban las técnicas de la teoría probabilística para determinar la validez de las conclusiones de un un estudio sobre cuestiones paranormales. Cano abrió una pausa luego de esta última frase como invitándome a preguntar. El equipo tenia carácter informal y el trabajo era ad honorem. Sus conclusiones no iban a ser publicadas, y prácticamente no había otro incentivo mas que la satisfacción de la tarea cumplida. La verdad no era un trabajo promisorio ni rentable, ni siquiera merecería un lugar en mi hoja de vida. Sin embargo, había un detalle: el estudio era financiado por una prestigiosa universidad norteamericana y la posibilidad de exponer el error de la arrogante elite académica era demasiado tentadora.
Pactamos una reunión al día siguiente para hablar sobre los detalles. Cano me confió que el trabajo era una suerte de cooperación crítica e independiente para un proyecto del Instituto de Investigaciones Parapsicológicas de aquella universidad. El equipo estaba encargado de examinar los protocolos e informes de una serie de experimentos destinados a corroborar o impugnar la veracidad de experimentos prodigiosos lindantes con lo milagroso o lo sobrenatural. El catálogo incluía sujetos con capacidad de premonición, autores de curaciones sobrenaturales y arúspices modernos.
Los casos se calificaban en una escala de verosimilitud –según me explicó- basada en la rigurosidad de las pruebas usadas para la evaluación. Cuanto mas científico el método mayor la valoración. En ese momento me llamó la atención el carácter heterodoxo de la tarea pues pensé en cómo podría la ciencia evaluar por la via experimental asuntos que pertenecen a las creencias. –Probamos el grado de probabilidad que estas cosas ocurran de manera lógica o natural en el mundo real- me respondió con simpleza Cano. Es simple, cuanto mas improbables mas se acercan a la calificación de sobrenatural –me dijo con calma.
–¿Pero en qué momento, bajo que criterio califican si algún caso…? –atiné a decir.
- Ese es un problema potencial –respondió Cano adivinando mi objeción –Creo que a nuestros amigos se les pasó la mano en los filtros. Están usando una escala basada en la teoría Bayesiana que es tu especialidad. Por eso pensé en ti para tomar mi lugar en el grupo de investigación.
Quedó convenido en que recibiría el primer grupo de seis casos al día siguiente y tendría un plazo de diez dias para emitir una opinión. El informe tenía que examinar la rigurosidad y la pertinencia de los métodos y el proceso usado en cada ocasión. Todos los casos fueron elegidos al azar y ningún caso podría ser asignado a un investigador del mismo país que el sujeto, para evitar la contaminación del análisis para así evitar un sesgo por identificación. Al finalizar el estudio enviaría mi informe al investigador encargado de mantener la relación con el panel evaluador, es decir nosotros.
El equipo consultor sostenía una conferencia electrónica dos veces por semana para discutir los casos mas complicados o los mas interesantes. Me entusiasmó la idea de poder entrar en un diálogo con gente de procedencia tan diversa. La primera vez que me conecté con la comunidad virtual noté la originalidad y la complejidad conceptual de las discusiones. Los británicos, Chris y Terry, eran especialmente amigables e informales, sus comentarios intercalaban el rigor de la discusión metodológica con bromas pesadas sobre los científicos sociales, los inevitables celos entre tribus académicas. Una socióloga uruguaya sugirió en una ocasión que usar la teoría de los arquetipos psicológicos planteados por Jung para clasificar los casos. Chris pensó que se trataba de una broma e invitó a usar el I Ching para hacer una reevaluación completa del experimento. La agudeza no pasó desapercibida para Terry, sincero creyente del sistema de hexagramas. Entonces se enfrascaron en una agria disputa que ocasionó la desaparición de las bromas de la conferencia virtual.
Conforme avancé en la lectura, un caso capturó mi atención inmediatamente. Se trataba de una niña llamada Natalia. Entonces cursaba la secundaria y sus extraordinarias facultades atraían a una multitud de personas hasta su casa en un pequeño pueblo al sur de Bogotá. La hoja de información decía que tenía el poder de reconocer la enfermedad que padecía cualquier persona con solo estar en su proximidad y observarla a los ojos.
Cuando leí el expediente me causó impresión la dureza de los procedimientos de evaluación. La niña había sido conducida en compañía de familiares hasta el laboratorio de la universidad, una suerte de cámara de aislamiento sonoro, y sometida a seis sesiones de reconocimiento durante diez horas consecutivas. En cada sesión se enfrentaba a grupos de personas con quienes no podía hablar ni tampoco podía tocar. Después de observar a cada uno de los pacientes debía identificar la supuesta enfermedad que padecían. A través de la filmación editada de las sesiones era palpable el agotamiento y la tensión que sufría la niña. La sesión era larga. Después de los primeros sesenta minutos de encierro silencioso podía darme cuenta de con cuáles de las personas examinadas Natalia afrontaba las mayores dificultades. Podía percibir su impotencia. Para empeorar el estado de tensión, la cámara de grabación se acercaba a la niña con impertinencia intentando acercamientos cinematográficos exagerados. En todo momento el camarógrafo tenía una actitud arrogante y fastidiosa que me causaba exasperación.
El final del experimento estaba retratado en el rostro de Natalia. En sus ojos se manifestaba el cansancio y la desilusión. La niña alegre y sonriente que había entrado en la cámara seis horas atrás había perdido una parte de energía vital. Nunca antes había percibido tan de cerca la crudeza de un procedimiento de investigación. Aunque había logrado aciertos en los tres primeros casos, había fallado en los tres siguientes.
Aquella noche, en la conferencia electrónica comuniqué mis observaciones con los colegas. Hice numerosos comentarios críticos sobre el procedimiento. Después de una embarazosa pausa Chris me respondió indicando que habían usado un procedimiento carente de sensibilidad. Sin embargo, aparentemente se habían cumplido las condiciones de aislamiento requeridas por el análisis. En ese tipo de experimentos Chris era una autoridad y era improductivo replicar su juicio. Yo tenía serias dudas sobre la aplicación de la ecuación probabilística bajo unas condiciones que no reproducían exactamente la relación que Natalia establecía en el mundo real con las personas que buscaban su ayuda: tocar, leer en los ojos el mundo intimo de una persona son formas de una interacción profunda.
No pude convencer a ninguno de los miembros del equipo. Aquella noche por alguna razón volví a analizar el video del experimento. Lo repetí dos veces. A mitad de la tercera ronda, sentí como un rumor interno invadía todo mi pecho. Reconocí de inmediato la sensación de la indignación.
La lucha no estaba acabada. Decidí tomar en serio mis objeciones y hacer un análisis cuidadoso no solo de la consistencia de los cálculos, sino del conjunto del procedimiento. Puse el disco compacto de Massive Attack en el equipo y tomé la calculadora como en los tiempos de la universidad. El esfuerzo no fue en vano. Después de dos horas de trabajo hallé el error. El procedimiento de los investigadores establecía la condición que Natalia sólo podía pasar a la siguiente prueba sólo si se llenaba la hoja de respuesta de la anterior. Al poner aquel requisito se había formado una condición llamada de anidamiento que complejizaba el cálculo de la probabilidad. Ello exigía un cambio en la ecuación. El resultado ajustado indicaba que la probabilidad de que Natalia hubiese logrado un acierto aleatorio se multiplicaba a una altísima improbabilidad de 1 entre 250. Era una clara evidencia del dominio de una facultad que escapaba al azar.
No quise adelantar mis conclusiones ante el equipo en la conferencia. Me desvelé hasta que despuntó el sol escribiendo el reporte final. Esperé para enviarlo hasta después de hacer una última corrección de estilo en la oficina. Luego me dediqué a las cosas habituales de mi trabajo.
Estaba ocupado en las tareas de la oficina, poco antes del almuerzo, cuando me llegó un mensaje electrónico de Chris. Tenía una viñeta de urgente en el encabezado y decidí leerlo. El contenido me dejó preocupado:
- El caso de Natalia no debió formar parte del estudio del equipo. Hay razones muy poderosas –decía el mensaje.
Le respondí de inmediato preguntando cuáles eran esas razones.
- Seguramente ya descubriste el mal diseño del experimento y la tasa de probabilidad correcta… – me respondió.
- Si lo sabías ¿por que no lo dijiste ayer?
- Hay algo que debes mirar antes de concluir tu reporte. No puedo explicar en detalle. Lo siento, debes verlo tu mismo. Buena suerte –contesto secamente Chris, desconectándose de la red. Antes de irse me envió un archivo electrónico que abrí de inmediato. Imprimí el texto y me lo llevé a la cafetería para leerlo mientras almorzaba.
Mientras leía el documento supe que el caso de Natalia tenía antecedentes idénticos en otros casos similares. Tres años antes, una niña de Moldavia que mostraba señales de un poder similar había pasado por pruebas similares, con igual rigor y los mismos resultados. Sin embargo, había una anotación escrita recientemente junto con los datos actualizados. La niña había obtenido una beca para estudiar medicina en una prestigiosa facultad de Moscú, el sueño de una niña pobre en un roncón del mundo hecho realidad.
No entendía adónde conducía aquello. La bruma se despejó cuando recibí una llamada esa tarde desde Cambridge. Hablando en perfecto español con fuerte acento ibérico Terry me contó toda la historia.
Nadia Dubasari tenía catorce años y una facultad especial. Después de clases, recibía en su casa a gente de condición humilde que buscaba una prescripción para sus males. Ella los atendía con ingenua convicción. Tenía el don de percibir y detectar las dolencias. También había pasado por una evaluación del instituto en Estados Unidos y había sido descalificada. Quizás para aliviar su conciencia, alguien importante decidió otorgarle una beca para estudiar en una universidad rusa que ella aceptó con alegría. Inicialmente, la niña destacó en los estudios pero después sufrió un desajuste, quizás por la presión del medio. Su familia perdió la comunicación con ella. Su personalidad cambió. Al parecer empezó a tener problemas de adicción a las drogas. Un año después de haber ingresado a la universidad fue asesinada en un grave atentado nocturno en las afueras del campus.
- Es una historia horrible –me confesó Terry- lo peor es que ha sucedido antes a otros niños con características similares. Temo que se repita con Natalia. Esos niños son especiales… Es necesario que la historia de Natalia no se reporte en la prensa, la expone a un gran peligro. Tu informe no debe recomendar….
Era muy tarde para detener el error. Había enviado el documento al mediodía y en el sugería categóricamente reparar la injusticia difundiendo los resultados al público. Se hizo un enervante silencio a ambos lados del teléfono y luego nos despedimos. Inadvertidamente, me había convertido en una pieza dentro de la maquinaria a la que trataba de derrotar.
Nadia, igual que Natalia son niños que tienen una naturaleza especial, indicios del despertar de una región del alma que ha permanecido latente en los seres humanos. Pero un espíritu de pureza no es compatible con un medio mórbido. Yo lo había visto en la sesión de investigación con la intromisión enfermiza del camarógrafo indisponiendo y provocando zozobra en Natalia. Mas aún, llegué a pensar que existen fuerzas oscuras que buscan activamente a sus oponentes. Era un participante menor de un episodio del enfrentamiento entre las fuerzas esenciales de nuestro mundo.
Me detuve a pensar en un plan. Tenía que actuar rápidamente, pues una vez que la maquinaria de los centros de investigación se pusiera en marcha difícilmente podría ser detenida por un oscuro académico de un país periférico. Mi intervención hasta el momento había sido accidental, ahora tendría que ser determinante. Intenté hablar con Cano para explicarle la situación y pedirle consejo. Estaba fuera del país asistiendo a un seminario internacional. Afortunadamente lo rastreé hasta un hotel cinco estrellas. Era medianoche en Buenos Aires. Reconocí la sorpresa en su tono de voz. Le dije todo lo que sabía. Me respondió que comprendía la razón de la preocupación y que compartía el sentimiento, pero que un investigador no podía hacerse cargo de todos las posibles efectos o desenlaces de nuestra participación. Me recordó la condición de neutralidad –sobre todo en nuestro caso pues solo nos limitamos a corroborar hallazgos, o a lo sumo a desmentir una teoría. No sobredimensione nuestro trabajo Ricardo—concluyó, intentando tranquilizarme.
–Pero lo que hacemos o dejamos de hacer si tiene consecuencias sobre las personas, de alguna u otra forma intervenimos y ese solo hecho influye—le respondí. Era inútil proseguir, Cano como muchos académicos son honestos creyentes en el dogma de que la investigación no puede contaminarse con el funcionamiento de la realidad. Observar y analizar es distinto a intervenir, me repetía, y yo le creí mientras perfeccionaba los modelos que interpretaban el discurrir de los acontecimientos desde la fría elegancia de la teoría. Pero, esta vez la exactitud de las fórmulas ya no me satisfacían en lo mas mínimo.
Llamé a dos amigos, uno de ellos era especialista en análisis econométrico y el otro periodista, y les expliqué el dilema. Concebí un plan descabellado, pero era el único plan posible en esas circunstancias. No podía elaborar un segundo informe contradictorio, el primero tenía una argumentación sólida. Pensé que podría decir a los responsables de la investigación que había sometido mis hallazgos a un grupo experto a modo de validación y que mis conclusiones habían sido encontradas erróneas. Para ello, mis colegas tendrían que elaborar un informe alternativo que fuese plausible, o por lo menos hiciera mella en mi análisis hasta el punto de crear la duda y por consiguiente yo fuese descartado como participante válido del panel de evaluación.
Me puse a escribir frenéticamente la parte principal del informe que enviarían mis colegas. Estaba en medio del trabajo cuando en medio de la noche sonó el teléfono. No ha habido en toda mi vida llamada mas impertinente ni salvación tan oportuna. Rocío había estado llamando durante la noche, pero la actividad febril en el teléfono había impedido que su llamada entrase, hasta ese momento poco antes de las once de la noche.
Saludó y se disculpó brevemente por la perturbación. Noté en su voz la excitación, algo muy inusual en ella.
-Ricardo—prorrumpió –necesito que me expliques esa teoría famosa que le has comentado a Alonso…
–¿Qué? … ¿cuál teoría?—atiné a preguntar no saliendo de mi asombro por lo extraño de la petición.
–Si amiguinho –me dijo en forma risueña. Solo ella puede emplear ese tono de vez por teléfono a medianoche—la explicación que le has dado sobre la asistencia regular del público a las funciones de teatro… quiero escribir un artículo sobre eso y necesito el concepto claro, la verdad Alonso parece que lo entiende, pero de allí a explicarlo…
–Bien. Es un modelo que predice como se usa un flujo de información para tomar decisiones… Pero, Rocío te das cuenta de la hora, me estás llamando a esta hora para que te explique una fórmula?
Rocío asintió rotundamente. Tuve que iniciar la explicación pues es de las mujeres que tienen realmente habilidad persuasiva. Estaba en medio del detalle de la explicación cuando la luz se encendió súbitamente en mi mente.
-Claro ¿cómo puedo ser tan idiota?—dije sin darme cuenta en voz alta.
Rocío me pregunto si me sentía bien.
-Todo esta bien, pero tengo que interrumpir la explicación, mañana a primera hora la termino- corté bruscamente. Inmediatamente tomé un atlas geográfico y busque el mapa de los husos horarios. Confirmé que la universidad de marras en la región central de los Estados Unidos se encuentra en el mismo meridiano horario que tenemos nosotros. Era perfectamente posible usar la teoría del desfase en las decisiones: el tiempo que toma cada individuo entre recibir la información y la decisión de usarla depende del volumen del flujo de información y su relevancia. Si había enviado el informe a la una de la tarde y este entraba a la cola de la lectura y análisis era muy probable que el investigador responsable no tomaría la decisión de encauzarlo a la siguiente fase sino hasta las primeras horas del día siguiente, es decir a partir de las nueve de la mañana del día siguiente aproximadamente. Entonces lo que debía hacer era remitir varios mensajes, tres o cuatro y con un título lo suficientemente atrayente para que mi colega en Harvard se viese empujado a leer el texto antes de proceder con mi informe previo.
Terminé de escribir el informe cuatro horas después. Afuera la aurora aún forcejeaba por levantarse. Envié dos mensajes separados pidiéndole disculpas y adjuntando el nuevo informe. Rogaba taxativamente que desechase la versión anterior. El nuevo informe confirmaba en todos sus extremos los resultados del experimento con Natalia.
A primera hora, llamé por teléfono para asegurarme que el investigador hubiese actuado según mi pronóstico. En efecto, tenía una copia de mi primer informe sobre su escritorio –que aun no había empezado a leer. Finalmente lo desechó cuando recibió el segundo y definitivo informe. Claramente se sentía mas cómodo recibiendo un informe que confirmaba los procedimientos de su laboratorio y lo aceptó de buena gana.
Natalia podía permanecer segura en el anonimato, por el tiempo del necesario.
Diez días después se publicó el artículo que había escrito para la revista de Rocío, gracias al cual se me conoce ahora como un sujeto contradictorio y ecléctico. Un amigo se ocupó de traducir el texto, copiarlo y encaminarlo rápidamente a varias personas aficionados a los hexagramas en Europa.
Muy pocos supieron la verdad hasta hoy. Se que Natalia, igual que otros niños que algún día nos mostrarán el camino, se encuentra protegida por una red de bondad. Hasta el momento que deba revelar su misión. Me ha costado recobrar mi imagen de rigurosidad analítica ante muchos colegas desde aquel incidente, pero ese es un precio mínimo que estoy dispuesto a pagar.
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Hola que tal, lei tu post en foros Peru sobre la idea del proyecto solidario literario, la fecha ya vencio, pero para no quedarme con las ganas te envio un cuento que escribi hace mucho, spero que te guste, cuidate…
Un Deseo y una Estrella
por ERI AMBAR EL 01-03-2009

Escrito por endriga 

